Arteterapia desde el amor y la intuición

 
 

El arte, cuando nace del amor y la intuición, puede convertirse en una herramienta terapéutica poderosa. En algunos casos, sin conocimientos formales en arteterapia, las personas encuentran en la creatividad una forma de acompañar y sanar. Carmen Balaguer nos comparte esta historia de Batiste y Consuelo, un ejemplo conmovedor de cómo el acto de crear mandalas se transformó en un proceso terapéutico, ayudando a enfrentar el Alzheimer desde la conexión y la calma:

Batiste nació hace 85 años en un pequeño pueblo junto al mar Mediterráneo. Desde niño tuvo inclinación por el dibujo y la pintura. Era su asignatura preferida en el colegio. De haber podido estudiar, hubiese elegido Bellas Artes, pero tuvo que dejar la escuela para irse a trabajar. Así que lo ejercitaba de forma autodidacta.

Ya de adulto compaginaba su profesión de pintor de “brocha gorda” con su gran afición. Pintaba óleos, pero sobre todo dibujaba formas con bastante regularidad: grecas, cenefas y, sobre todo, formas rítmicas dentro de círculos, sin saber que se llamaban mandalas. Después los coloreaba. Lo hacía porque le gustaba.

Cuando Batiste tenía 66 años, su mujer empezó a presentar síntomas de Alzheimer. Fue un proceso que duró 17 años y Batiste fue el cuidador principal de Consuelo. La enfermedad le afectaba principalmente al comportamiento y al habla. Ellos iban juntos a bailar, jugaban a las cartas y daban paseos diarios por la playa.

Pasados los primeros años de la enfermedad, y con la intención de ofrecerle un entretenimiento a su mujer, Batiste empezó a dibujar cada mañana un mandala para que ella lo coloreara al levantarse. Este ejercicio la tenía ocupada unas dos horas.

 
 

Batiste tiene una técnica propia, creada por él, para dibujar mandalas. Es fácil, no se necesita compás ni regla. Él dobla una hoja en 2, 4 y 8 partes. Esto le muestra el centro. Después utiliza un trozo de cartón a modo de regla para trazar una serie de puntos equidistantes. Uniendo a mano alzada los puntos que quedan más alejados del centro, traza una circunferencia. Desde dentro hacia afuera va uniendo los puntos que ha trazado mediante rectas y curvas de forma rítmica, según le dicta su imaginación.

Cada día salía un mandala diferente y Consuelo lo coloreaba con los lápices de colores que ella elegía. Lo hacía siempre en la mesa del jardín de su casa, a veces oyendo música clásica. Se la veía en calma y centrada en su tarea. Le gustaba hacerlo. Y a Batiste le satisfacía mucho poder ayudar a su esposa a través de sus dibujos.

Batiste y Consuelo dibujaron y pintaron respectivamente su mandala diario durante unos 5 años. La neuróloga no daba crédito a que el deterioro de Consuelo transcurriera tan lentamente sin tomar ninguna medicación. Llegó un momento en que ella coloreaba de forma más tenue, apenas cambiaba de color y, poco a poco, dejó de pintar. También dejó de saber utilizar los cubiertos para comer. No dormía bien y estaba inquieta.

Pasó sus últimos 2 años de vida acostada en su cama y se fue plácidamente una tarde de abril rodeada de su familia, en su casa.

Batiste no ha dejado de pintar y dibujar. “Todo lo que he hecho en mi vida a nivel artístico lo he realizado por pura imaginación creativa”, dice. Se siente muy satisfecho de haber cuidado a su mujer hasta el último día. Por eso, tras su muerte, ha podido continuar su vida con ilusión y alegría.

Actualmente, imparte un taller de creación de mandalas en la asociación de jubilados de su pueblo.”

 
 
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